El buque de la Muerte (III)
Uno de los marineros africanos enfermó...
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Corría el año de mil novecientos noventa y uno. El Galahad, tenía más de cuatro décadas transitando los puertos de África.
El mando de la nave había sido encomendado a un joven oficial. El capitán Olaf Petersen, de nacionalidad noruega.
Tenía medio año desempeñando el cargo, y no se arrepentía, le había permitido ser promovido rápidamente, a pesar de su juventud. Lo tomaba como un peldaño a "sufrir" en su flamante carrera de marino mercante.
Pero, Petersen, no era ningún improvisado, sino, un marino que había estudiado en la escuela de marina mercante de su país.
Por lo mismo, tenía sus convicciones y formación ética muy intrínsecamente grabadas.
Como todo noruego: profesional a carta cabal, responsable, disciplinado y honesto.
Todo marchaba bien entre la tripulación. Su segundo oficial era un latino de Centroamérica, leal a la jerarquía y muy serio, con seis años de servicio a bordo.
Se apellidaba Carmona, y le era de gran ayuda. Además era quien conocía muy bien a la tripulación.
De improviso, uno de los marineros se puso mal en medio del recorrido que llevaba, razón por la que tuvieron que dejarlo en el siguiente puerto de la ruta.
Como era necesario, y no había otro prospecto, embarcaron a un bisoño aprendiz; Thomas Raylle que, quería ser marino (quien a la sazón se había escapado de su casa).
Este era un robusto blanquito, bajo de estatura, de cara plana, ojos redondos, saltones y graciosos. Quién, cuando hablaba se enredaba con las palabras provocando la risa de la tripulación.
Lo agradable es que estas situaciones le divertían también a él, generándole unos ataques de risa, muy contagiosa. En suma, era muy simpático.
Se llevaba muy bien con la tripulación, que lo capacitaba con entusiasmo, para el desempeño de sus tareas.
Habían navegado cerca de dos meses y visitado tres puertos más. Cuando, de un momento a otro, todos los hombres no deseaban hablarle, se escondían de él y lo evitaban. Raylle no entendía que pasaba, y estaba cayendo en una especie de angustia.
El capitán, llegó a percibir esta situación, llamó a Raylle a su camarote para que le explicara que había sucedido; cual era el problema con la tripulación o si en la última bajada al puerto había pasado algo que el capitán debería saber.
Como era de esperarse, el pobre Raylle sabía menos que el capitán sobre el asunto. Cerrándose la conversación en un "no tengo la menor idea de que pasa, capitán".
(Continuará)
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