El buque de la Muerte (V)
En accidentes raros. Pero cada uno de ellos, muerto siete años después del anterior.
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Al día siguiente luego del desayuno, la tripulación se encontraba en la cubierta de popa.
Petersen, como nunca fue enérgico y, drástico. No iba a tolerar semejante absurdo, habló de la creencia en muertes y plazos, de sacrificios humanos y de que no existían razones para asumir tales rumores. Tampoco para estar asustados.
La tripulación callaba, mirándolo extrañados. Hasta que el capitán invito a que el más antiguo contara lo que sabía sobre aquello; para de una vez acabar con esa patraña.
Un italiano, técnico de calderas, inició su cortísima alocución.
-Capitán, no entiendo nada de maldiciones, por lo mismo, solo diré lo que sé.
Tengo veintitrés años aquí, me embarque en el sesenta y ocho, y durante ese tiempo han muerto tres tripulante, de distinta manera.
Lo que me contaron los antiguos que ya se jubilaron, es que esto siempre fue así...
Petersen, enrojeció de la ira. No solamente por lo que acababa de escuchar, sino porque era un europeo el que lo decía.
-Bueno, si eso es lo que ha estado sucediendo entonces quiere decir que hay un asesino entre la tripulación o escondido en el buque. A partir de ahora, todos estarán permanentemente en parejas.
Nadie, saldrá a ningún sitio solo. En parejas todos. Si alguno es sorprendido solo lo enviaré al calabozo.
Se generó un murmullo de enfado entre la tripulación.
A lo que Carmona, respondió con un sonoro. ¡Sí capitán!
Inmediatamente a grito pelado comenzó a formar parejas, mientras Petersen sin mirar atrás se retiraba al puente de mando.
Los días se sucedieron unos a otros, todos vigilando y vigilados por su pareja.
El capitán, preocupado, asumió como pareja al gordito Raylle.
Quién, parecía no darse cuenta de la gravedad del asunto y bromeaba como siempre, sin comprender que el candidato a fiambre que la tripulación había preparado, era él.
Petersen, se sintió tranquilo, cuando la visión del Puerto Shepstone apareció ante la proa del Galahad.
Había llegado al destino de su carga, Sudáfrica
Dio orden que nadie bajará a tierra.
El barco procedió a atracar, en el muelle de amarre lo esperaba... la policía.
-Permiso, para subir a bordo- voceo un oficial uniformado.
-Permiso concedido-, replicó Petersen.
El oficial con dos docenas más de policías subieron, tomando posesión del Galahad.
-Me llamo Shepard. Mayor Jonás Shepard. Un blanco rubio de porte inglés y cerca de dos metros de alto, se detuvo ante él.
-Olaf Petersen, Capitán del Galahad.
-Podríamos conversar en su camarote capitán.
-Desde luego, por favor sígame...
Antes de continuar tras el capitán, Shepard ordenó a sus hombres con rudeza y para que lo escuchará la tripulación.
-El barco está en poder de la policía de Sudáfrica, nadie baja a tierra, nadie se queda en sus camarotes. Tómenles sus datos a todos. Procedan a registrar todo el buque.
Sí necesita más hombres, ordena que suban los que están apostados en el muelle. Se lo encargo teniente Wells; otro blanco albo como un papel respondió; ¡Sí señor!
(Continuará)
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